Así como, en sus tiras, el alma se sacude de ternura –y de risa, y de nostalgia– al bucear por las muestras. Duendes, ovejas, pingüinos, el Misterioso Hombre de Negro y la considerada por varios “actualización de Mafalda”, Enriqueta; el gato Fellini, Madariaga, La Vaca Cinéfila, Alfio, la Bola Troglodita; Martín y Olga, Oliverio la Aceituna, el Traductor de Nombres de Películas, la galería es interminable. Absurdos, irónicos, perspicaces, todos tiernos, los personajes que pueblan los Macanudos portan, tal vez sin quererlo, tal vez deliberadamente, una profunda carga ontológica.

El día de inauguración nos metimos, en medio del furor linierístico (miles de personas se acercaron hasta Le Parc a conocerlo), en uno de los salones que diseñan Macanudismo para charlar unos minutos a solas con el artista. Relajadísimo, divertido, habla sobre la génesis de las muestras y su contenido, sobre el sentido de crear una “vanguardia personal” (el Macanudismo, claro) y su manifiesto, sobre la misión de la Editorial Común, creada por él y su mujer.
Analiza también la “liberación” de la historieta en
tanto género, su fascinación íntima y artística con la música y se ríe de su
“capacidad” de “no madurar nunca”. “Cuando termino de hacer una historieta que me satisface, siento las mismas endorfinas
que cuando me salía un Mazinger de niño, mi cerebro sigue tirando la misma
sinapsis de felicidad”, confiesa.
Hecho el preludio, solo resta disfrutar.