Mailén describe cómo fue abusada sexualmente y no estoy segura de que todos nosotros podamos escuchar los doce minutos del relato completo. “Decime que sos mi nena”, aunque ella llore y quiera irse; “Jodete por haber venido a mi casa”, aunque ella sólo accedió a eso: a ir a su casa, no a un tormento sexual; “A mí me excita que te duela”, aunque ella a esa altura ya casi ni pueda sentir, deshecha de dolor y humillación en una cama. Y así, frases aún más terribles y espeluznantes para contar otra vez la misma historia: el extremo de la violencia machista en acción.
Pero esta vez tenemos el relato, tenemos a Mailén a días de ser abusada frente a una cámara contando con firmeza admirable su historia. Tenemos a la víctima sentada frente a nuestros ojos y las palabras nos golpean duro. Es ahora cuando los minutos del relato deben correr hasta el final, cuando no debemos mirar para otro lado entre la incomodidad y la simple lástima, cuando debemos sostener esta pantalla, hacer eco de la valentía de ella y correr esta voz hasta que nos taladre cada célula de este machismo invisible, impuesto en hombres y mujeres por igual. Porque Mailén está para contarlo, porque Mailén supo identificar el hecho como punible hasta el extremo desenredándose de la falsa culpa de “acceder ir a su casa” para distinguir entre eso y una violación.
No es poca cosa tener esa historia frente a nuestros ojos. No es poca cosa tener a Mailén entre nosotros la misma semana que (por sólo nombrar un ejemplo cercano) Trinidad, una niña de ocho años, fue raptada y prendida fuego en Maipú, y entre esa captura y el final más macabro de todos, jamás sabremos lo que pasó. Trinidad hoy es una más de las tantas muertas y desaparecidas sin voz en estas historias. Mailén la tiene y por lo tanto la tenemos todas. Empecemos a hacernos cargo.